“Hay libros que nos cuentan historias, otros nos transportan a mundos insondables.”
Saint Jean de Perigod, 1543

Esta vida es dura, la mires desde donde la mires.

Es obviamente dura si la miras desde un campo de refugiados a espaldas de Libia; es dura si la miras desde las galerías de una mina ilegal en Perú; desde la boca de un volcán en Indonesia acarreando bloques de azufre; desde el fondo de los ojos de un bebé hinchado de desnutrición en el Cuerno de África.

Pero incluso es tristemente dura cuando la vives desde un pupitre de una escuela de secundaria en Poblenou; desde tu cama en una habitación ocasional en casa de tu padre de fin de semana; desde la mesa de despacho en que descargas tu desazón el lunes por la mañana, asqueado de tener que volver a estar ahí, y más asqueado porque en realidad… nadie te obliga a estar otro día más allí; es dura cuando vuelves de la compra un día más: paquetes de galletas de arroz, paquetes de zumo de manzana, paquetes de cereales, paquetes de aceitunas, paquetes de plátanos… detergente para la ropa de color, detergente para la ropa blanca, detergente para lavar a mano, limpiador para las manchas de detergente… y rollos y más rollos de papel del wáter (sí, en casa sólo somos cuatro, ¡pero es que tal como está todo es para sentarse en el inodoro y no parar!).

También es dura cuando te das cuenta de que eres un privilegiado, y que te quejas de vicio, y decides que deberías sonreír el triple de lo que lo haces, si no más. Y haces campaña dentro de ti para aprender a valorar cuanto tienes y a ser feliz por comparación… si los niños globo del Senegal sonríen, ¿yo por qué pataleo por todo?

Pero esto, señores, como la mayoría de nosotros ya sabemos, no funciona. Lo que debemos hacer es sencillamente evadirnos. La evasión tiene mil caras, hay muchos caminos para lograrla. Para mí, y perdonen si queda asquerosamente intelectual, la literatura siempre ha sido un medio excepcional para la evasión. Que quieren que les diga, hay gustos para todos. Tengo un vecino que se evade trasegando esquís por el paseo del pueblo (costero y mediterráneo) en pleno mes de agosto…

Sí, mi huida es la literatura. Pero no hablo de libros sin más, sino que hablo de la verdadera literatura, de aquella que te abduce, te transporta al cogollo de mundos ajenos, sin tener que preocuparte de cómo vas a pagar el recibo de la luz que se consume en la habitación donde Ana Karenina se encuentra con Alexis Vronsky.

Como decía el sabio, hay libros que te cuentan historias, otros te condenan a vivirlas, de tapadillo, eso sí, del mismo modo que nos gustaría poder vivir las nuestras. Hablo de 2666 del bendito y añorado Bolaño –¿cómo se puede escribir algo así desde la enfermedad?, ¿cómo se puede añorar a alguien a quién jamás ni has estrechado la mano?-; hablo de la Señora Daloway y el entrañable Septimus; hablo de los mundos insondables y tantas veces dolorosamente intuidos de Faulkner; de la prístina y concreta realidad de Coetzee; de Kundera, tantas veces la voz de mi conciencia -¿por qué aún no le han dado el Nobel?, ¿a qué esperan, a que no pueda levantarse de la silla para agradecer el premio?-.

El placer que me produce la literatura –mi literatura- llega a ser físico, roza lo impúdico. Pero no vamos a seguir por ahí. Desde mi personal obsesión, comprendo que el mundo es ancho, y que el mío es un vicio como cualquier otro, sólo que unos vicios cuentan con más prestigio y aceptación pública que otros. No hay más que asomarse al balcón de casa para confirmar que las posibilidades para evadirse son infinitas y todas ellas practicadas.

De todos modos, lo mejor es que no sigáis con la lectura de este blog, hacedme caso, apagad el ordenador y dejaros envolver por la cadencia impagable de intuir mundos ignotos… ¡Por Dios, se me había olvidado nombrar a Steinbeck y las Uvas de la ira! Por favor, unos segundos de silencio, hasta que la emoción que siento en mi yo amaine y me permita continuar…

Laurita – Julio 2012

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