III Premio Nostromo – Editorial Juventud

 

“Entre las muchas obligaciones a las que nos vemos sometidos al contraer matrimonio, no figuro, ni muho menos, la de acompañar al cónyuge en desvaríos y aventuras; no obstante, es una realidad suficientemente contrastada el que muchas de las sufridas navegantes lo son por seguir a sus maridos más allá de las obligaciones conyugales.        Ésta es la situación que la autora refleja en este libro con tono desenfadado, cargado por momentos de romanticismo.           Una bocanada de aire fresco en el panorama de la literatura náutica actual, y una excelente novela en las que muchos de nosotros, mujeres y hombres, nos veremos retratados.           Como colofón, un “léxico marinero” que es un auténtico ejercicio de buen humor e imaginación.”

 

Prólogo del libro

TU TAMBIÉN PUEDES o cómo navegar sin naufragar

Si tú también tienes un marinero en casa y estás resuelta a no prescindir de él, te interesará mi experiencia. Has de saber que el influjo que ejerce el mar en las mentes predispuestas a ello es algo que, aunque puedas suponer que tienes bajo control, siempre es creciente, va en aumento constante, y tiene un punto fatal de no retorno. No es necesario que tu pareja sea un declarado loco del mar (caso incurable, no hay remedio conocido) para que te pongas a la defensiva; de hecho, si este es tu caso (como en su día fue el mío) no te puedes llamar a engaño, pues los locos del mar nunca esconden sus pretensiones, incluso suelen amenazar con su sueño persistente de instalar su (vuestra) morada en un estupendo velero (lo que para él significa robusto, oscuro, húmedo y maloliente; aunque nunca lo admita).

Pero aparte de estos casos incurables, se dan muchos otros en los que con un poco de previsión y conocimiento por nuestra parte se habrían podido salvar a tiempo. Hablo de aquellos marineros latentes, contenidos, ocultos, que se esconden dentro de personas en apariencia sosegadas y de hobbies cómodos y deseables (tenis, sellos, vitolas de puros, incluso juegos de ordenador…) pero con una graciosa inclinación por los temas marineros. Si tu pareja te lleva los domingos por la mañana a pasear y a tomar el aperitivo a las deliciosas terrazas del puerto; si es de los que se cuela en los pantalanes de los veleros para poder contemplar los barcos de lisa cubierta de teca, tan estilizados, tan románticos (ojo, mucho ojo si te dice que lo de las lanchas a motor no es nada marinero); si te señala alguna pieza y te habla de ella con palabras técnicas (son inofensivas: cabos, mástil, mayor y timón, incluso noray; pero, ¡ay de ti!, si oyes cosas como cornamusa, estay o caña; y, lo siento querida, pero si te señala el equipo de viento y te alardea acerca de sus virtudes y defectos, estás ya irremediablemente perdida); si te ha llevado al cine a ver “La fuerza del viento”; si compra todas las colonias que se anuncian con espectaculares veleros; si cada noviembre os pateáis el salón náutico; si acudís a los mercados de ocasión… Si todo eso ocurre en tu dulce y tranquilo hogar, aunque tu hombre no haya navegado en la vida, deberías leer estas páginas y pensar que estas cosas no ocurren sólo en casa de las demás.

Te aconsejo que estés preparada.

Porque ahora, tú te descalzas con divertimento para visitar el interior de los barcos que se presentan en ferias y salones, siempre tan limpios, espaciosos y perfumados; y te escandalizas con gracia cuando tu marido insiste en hacer cola para preguntar los precios, y apenas te das cuenta de con cuanto tiento se guarda la tarjeta que contiene el teléfono de aquella persona (brooker) que habrá de llenar de agua salada hasta el último rincón de tu apacible hogar. No te rías y ponte en guardia. Porque llega un momento en que, estos dulces e interesantes admiradores de todo lo concerniente al mar, sucumben, y entonces confunden la complicidad inconsciente de la esposa desprevenida con una pasión compartida, y a menudo acaban dinamitando la tranquilidad conyugal con la sorprendente e inesperada compra de un velero (¡cariño, me han ofrecido una oportunidad que no he podido despreciar…!), que, y eso te lo aseguro, nunca responde a la bucólica imagen que de él te hagas al oír la mágica frase.

No, mi amor, navegar a vela no es tostarse al sol en la tranquilidad de una exclusiva cubierta con un martini en las manos; sino, en el mejor de los casos, es tomar el sol con innumerables trastitos clavándose en tu espalda, con tu mano derecha agarrada a una asa de pulida madera y con la izquierda en el estay más próximo, mientras apoyas tu pie en un candelero salvador tratando de no deslizarte sobre la intrincada cubierta, y cuidas de no levantar la cabeza cuando un cabo asesino o una vela enfurecida voltea sobre ti, siempre al capricho del viento impetuoso y bajo la mirada cegada de placer marinero de tu capifrán particular.

Cuando escribí mi “Diario” que aquí se transcribe, yo acababa de cumplir veintitantos años (no os asustéis, no os voy a delatar mi edad, incluso he eliminado el año en las fechas del diario), y estaba enamoradísima y recién casada; parámetros que ahora se me antojan imprescindibles para aceptar una aventura como la que emprendí, si tenemos en cuenta mi atávico terror al mar y a todo lo que este contiene y puede llegar a contener. El “Diario” en sí no deja de ser una mera anécdota, a partir de la cual tenemos que dilucidar la tremenda realidad, y es que esta moda del velerismo que está surgiendo con tanto frenesí no es como las anteriores (no es como el esquí, por ejemplo, que una puede descender las pistas que quiera y al ritmo que le plazca, y sentarse en la terracita cuando está harta de tanta nieve, o cuando ya hace demasiado frío o el viento es ya agresivo para las incipientes patas de gallo), no hija, aquí una no decide cuando se apea, ni puede regular la potencia del oleaje o decir: “mira, déjame aquí, que hoy las olas me salpican en exceso y voy de peluquería”. Digamos que es una moda altamente peligrosa, que nos entrega a los designios del capitán, pues, no nos engañemos amigas, en todos estos deportes de resistencia ellos suelen ser los que dominan.

No necesito decir (porque mis lectoras habituales ya sabéis) que mi matrimonio con el tiempo acabó naufragando, en parte, y quisiera poder decir que entre otras cosas, por el mal de mar que tenía aprisionado a mi marido, y me consta sigue teniéndolo y así será hasta el final de sus días. El tiempo y mi calado público (que inocente se me presenta ahora la chiquilla que quería ser periodista), me permiten atreverme a ofreceros mis frescas e ingenuas anotaciones, de las que he suprimido toda referencia a las escenas privadas (que, y quede entre nosotras, tampoco abundaban). No quiero con todo esto significar que vuestra relación deba acabar en ruptura, sólo deseo que, llegado el caso, mi experiencia os ayude a sobrellevar esta compleja relación a tres.

En fin, querida compañera de desvelos, si algún día te has de enfrentar al mar, te recomiendo que leas estas páginas con más seriedad de la que usas para visitar un velero ajeno amarrado a puerto en una tranquila y soleada mañana de domingo, después del embriagador aperitivo y mientras os preparan la fideuà en la tasca de moda. Piensa que también era esa toda la experiencia marinera que tenía yo cuando empecé a escribir este diario. Y consuélate con que tú también puedes.

Laurita Telmo

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